Son
lesiones quísticas, de origen linfático que se presentan
en la región cervical lateral. Se cree que son causados por una
falla congénita de los brotes linfáticos primordiales para
establecer drenaje en el sistema venoso. Entre un 50 y un 65% están
presentes al nacimiento y 80 a 90% de ellos, son diagnosticados antes
del segundo año de vida. Su incidencia reportada es de 1 por 12.000
recién nacidos.
Tienden a desarrollarse en íntimo contacto con grandes venas
y conductos linfáticos. Así, un 75% aparecen en el cuello,
20% en la axila y el resto, en mediastino, retroperitoneo, pelvis o región
inguinal. Se presentan en una relación de 2:1 en el lado izquierdo
con respecto al derecho del cuello, probablemente porque el conducto toráxico
ingresa a la vena subclavia por la izquierda. A pesar de que están
secuestrados del resto del sistema linfático, son cavidades multiloculares
revestidas de celulas endoteliales que continúan produciendo líquido
linfático. De esa manera su crecimiento va de gradual a rápido
con compresión o desplazamiento de estructuras adyacentes.
Al examen físico los higromas aparecen como masas quísticas
blandas, móviles, no sensibles, preferentemente ubicados en el
triángulo posterior del cuello. Su tamaño puede variar desde
algunos milímetros a varios centímetros de diámetro.
Pueden ser transiluminados con una fuente luminosa. Cuando se infectan
se presentan con signos inflamatorios.
Estas lesiones crecen en proporción al crecimiento del niño,
pero puede observarse crecimiento rápido como resultado de trauma,
infección o hemorragia dentro del quiste. El compromiso respiratorio
es la complicación más importante que puede ocurrir, por
compresión extrínseca de la vía aérea. Las
lesiones que comprometen la lengua o se extienden hacia el mediastino
pueden presentarse con estridor, cianosis, apneas o disfagia con problemas
de crecimiento del niño.
El diagnóstico se confirma con ultrasonido, que revela la naturaleza
quística del higroma. En lesiones extensas y con compromiso importante
de estructuras vitales es más útil la tomografía
computada con medio de contraste intravenoso.
El tratamiento de elección es la extirpación quirúrgica,
pero ésta puede ser muy laboriosa en lesiones extensas y no exenta
de riesgos sobretodo por las secuelas de tipo neurológico. Por
ello se han intentado tratamientos con sustancias esclerosantes, anteriormente
bleomicina y en la actualidad OK-432 con un éxito considerable
respecto a la regresión de los quistes.
Fanny rodriguez
viernes, 15 de junio de 2012
Lesiones congénitas del cuello
QUISTE TIROGLOSO: Los
quistes del conducto tirogloso constituyen las lesiones cervicales congénitas
más frecuentes en los niños. Habitualmente son detectados
entre los 2 y 10 años de edad aunque un porcentaje importante no
son identificados sino hasta después de los 20 años. No
existe una predilección por sexo.
La forma de presentación clínica clásica es la
de una lesión redondeada, lisa, blanda, indolora, ubicada en la
línea media y en relación al hueso hioides. Existe un pequeño
porcentaje de presentaciones sublinguales o supraesternales. Como el quiste
tiene fijaciones al hueso hioides y al foramen ciego de la lengua, puede
ser traccionado hacia arriba, cuando el niño traga o saca la lengua.
El diagnóstico es confirmado por ultrasonido, que corrobora la lesión quística. Este estudio habitualmente permite también evaluar la presencia de la glándula tiroides. Al no encontrarse ésta en el examen, es preciso realizar una cintigrafía, ya que en esos casos el único tejido tiroideo existente pudiera estar en relación al conducto o quiste tirogloso.
Embriológicamente estas lesiones son consecuencia de la falla de obliteración del conducto tirogloso posterior al descenso de la glándula tiroides alrededor de la sexta semana de vida fetal. Anatomo-patológicamente los quistes se encuentran revestidos de epitelio pseudeoestratificado columnar o estratificado escamoso y glándulas secretoras de mucus .
La complicación habitual de estas malformaciones es la infección con la flora bacteriana de la boca, consecuencia de su comunicación persistente con la base de la lengua a través del foramen ciego. Los quistes infectados presentan signos inflamatorios y pueden drenar al exterior.
El tratamiento recomendable es la extirpación quirúrgica y así prevenir su infección. La técnica fue descrita en 1920 por Sistrunk e incluye la extracción del centro del hueso hioides, por cuyo interior va el conducto tirogloso, y así, evitar la recidiva. La extirpación debe llegar hasta el foramen ciego lingual.
En presencia de infección quística, es necesario tratar ésta con antibióticos y posteriormente operar.
El diagnóstico es confirmado por ultrasonido, que corrobora la lesión quística. Este estudio habitualmente permite también evaluar la presencia de la glándula tiroides. Al no encontrarse ésta en el examen, es preciso realizar una cintigrafía, ya que en esos casos el único tejido tiroideo existente pudiera estar en relación al conducto o quiste tirogloso.
Embriológicamente estas lesiones son consecuencia de la falla de obliteración del conducto tirogloso posterior al descenso de la glándula tiroides alrededor de la sexta semana de vida fetal. Anatomo-patológicamente los quistes se encuentran revestidos de epitelio pseudeoestratificado columnar o estratificado escamoso y glándulas secretoras de mucus .
La complicación habitual de estas malformaciones es la infección con la flora bacteriana de la boca, consecuencia de su comunicación persistente con la base de la lengua a través del foramen ciego. Los quistes infectados presentan signos inflamatorios y pueden drenar al exterior.
El tratamiento recomendable es la extirpación quirúrgica y así prevenir su infección. La técnica fue descrita en 1920 por Sistrunk e incluye la extracción del centro del hueso hioides, por cuyo interior va el conducto tirogloso, y así, evitar la recidiva. La extirpación debe llegar hasta el foramen ciego lingual.
En presencia de infección quística, es necesario tratar ésta con antibióticos y posteriormente operar.
Convalecencia
Se entiende por convalecencia el estado por el que pasa un
individuo desde el momento en que se le considera curado de una
enfermedad, una intoxicación o una herida, hasta la completa
desaparición de todas las consecuencias de estos procesos.
La convalecencia empieza, por consiguiente, con la cesación
de los fenómenos esenciales y característicos de
la enfermedad, v.gr., con la consolidación en las
fracturas, el cierre de las heridas, o la desaparición
de los fenómenos típicos en un envenenamiento,
y termina cuando el organismo ha recobrado el estado de salud
anterior. Si ésta no se recobra por completo, el término
de la convalecencia es relativo, y da lugar en este caso a grados
mayores o menores de invalidez.
Es claro que no pueden comprenderse a partir de este concepto ciertos estados patológicos que la complicarían o interrumpirían, como, por ejemplo, los recidivas de una enfermedad, los nuevos padecimientos o los que se llaman consecutivos (estrecheces blenorrágicas, endocarditis reumáticas, nefritis después de una enfermedad infecciosa y neurosis por shock), puesto que éstos tienen su propia patogenia, tratamiento y pronóstico. Durante la convalecencia ha de ponerse un cuidado muy especial en evitar esas complicaciones. Tampoco debe comprenderse en el concepto estricto de convalecencia la lenta desaparición de ciertos trastornos locales consecutivos a lesiones traumáticas, v.gr., contracturas.
La convalecencia en su verdadero sentido debe considerarse como un estado de agotamiento curable consecutivo a las alteraciones orgánicas pasadas. Según la naturaleza de la causa morbosa y el curso de la enfermedad, aquélla variará; a la vez, son también muy distintas las indicaciones terapéuticas. En las enfermedades de curso leve y rápido, que apenas dan lugar a trastornos manifiestos, no es necesario tratamiento en este periodo, sobre todo si el médico está convencido de que tampoco ha de sobrevenir ningún peligro oculto. La convalecencia de las enfermedades infecciosas es una de las que requieren mayores cuidados.
Los músculos, especialmente el miocardio, quedan más débiles cuanto más fuerte y persistente ha sido la fiebre. Algunas enfermedades infecciosas, aun cuando hayan evolucionado de un modo al parecer leve, dejan tras de sí, con mucha frecuencia, una debilidad muscular y cardiaca muy acentuada. Durante la convalecencia de estos casos el individuo debe observar una vida metódica y sujetarse a un tratamiento, como si se tratara de una enfermedad grave. En los casos de gran debilidad debe recomendarse reposo en cama y permanencia al aire libre. En algunas cardiopatías cualquier esfuerzo físico, en el que los pacientes se entregan con facilidad y se olvidan de su estado, puede producir trastornos graves como la insuficiencia cardiaca aguda. Poco a poco y con una vigilancia médica continua, se harán ejercicios metódicos de gimnasia activa y pasiva, acompañados de algunas sesiones de masaje. Esta gimnasia debe conducir gradualmente a la actividad ordinaria del individuo.
El agotamiento nervioso, aunado a la debilidad cardiaca y muscular, en uno de los elementos del conjunto sintomático de la convalecencia, necesita también medidas terapéuticas especiales. Poco a poco debe conducirse la función psíquica a su independencia y actividad ordinaria; al principio, aun las conversaciones indiferentes y las lecturas más sencillas resultan excesivas porque excitan al enfermo. Es muy conveniente que descansen horas. En los casos en que no sea posible conciliar el sueño espontáneamente, se ordenarán baños prolongados de temperatura media y, si fuese necesario, se prescribirá algún ansiolítico.
La alimentación constituye un punto esencial en el tratamiento de la convalecencia. Su disminución durante la enfermedad se manifiesta claramente en ésta por su debilidad. Para el restablecimiento de la química orgánica es conveniente prescribir una dieta tonificante, pero esto con sumo cuidado, puesto que a la mayor necesidad de alimentos se contrapone la función debilitada y, por tanto, la mayor vulnerabilidad de los órganos digestivos. La alimentación de un convaleciente debe tener las siguientes características:
Es claro que no pueden comprenderse a partir de este concepto ciertos estados patológicos que la complicarían o interrumpirían, como, por ejemplo, los recidivas de una enfermedad, los nuevos padecimientos o los que se llaman consecutivos (estrecheces blenorrágicas, endocarditis reumáticas, nefritis después de una enfermedad infecciosa y neurosis por shock), puesto que éstos tienen su propia patogenia, tratamiento y pronóstico. Durante la convalecencia ha de ponerse un cuidado muy especial en evitar esas complicaciones. Tampoco debe comprenderse en el concepto estricto de convalecencia la lenta desaparición de ciertos trastornos locales consecutivos a lesiones traumáticas, v.gr., contracturas.
La convalecencia en su verdadero sentido debe considerarse como un estado de agotamiento curable consecutivo a las alteraciones orgánicas pasadas. Según la naturaleza de la causa morbosa y el curso de la enfermedad, aquélla variará; a la vez, son también muy distintas las indicaciones terapéuticas. En las enfermedades de curso leve y rápido, que apenas dan lugar a trastornos manifiestos, no es necesario tratamiento en este periodo, sobre todo si el médico está convencido de que tampoco ha de sobrevenir ningún peligro oculto. La convalecencia de las enfermedades infecciosas es una de las que requieren mayores cuidados.
Los músculos, especialmente el miocardio, quedan más débiles cuanto más fuerte y persistente ha sido la fiebre. Algunas enfermedades infecciosas, aun cuando hayan evolucionado de un modo al parecer leve, dejan tras de sí, con mucha frecuencia, una debilidad muscular y cardiaca muy acentuada. Durante la convalecencia de estos casos el individuo debe observar una vida metódica y sujetarse a un tratamiento, como si se tratara de una enfermedad grave. En los casos de gran debilidad debe recomendarse reposo en cama y permanencia al aire libre. En algunas cardiopatías cualquier esfuerzo físico, en el que los pacientes se entregan con facilidad y se olvidan de su estado, puede producir trastornos graves como la insuficiencia cardiaca aguda. Poco a poco y con una vigilancia médica continua, se harán ejercicios metódicos de gimnasia activa y pasiva, acompañados de algunas sesiones de masaje. Esta gimnasia debe conducir gradualmente a la actividad ordinaria del individuo.
El agotamiento nervioso, aunado a la debilidad cardiaca y muscular, en uno de los elementos del conjunto sintomático de la convalecencia, necesita también medidas terapéuticas especiales. Poco a poco debe conducirse la función psíquica a su independencia y actividad ordinaria; al principio, aun las conversaciones indiferentes y las lecturas más sencillas resultan excesivas porque excitan al enfermo. Es muy conveniente que descansen horas. En los casos en que no sea posible conciliar el sueño espontáneamente, se ordenarán baños prolongados de temperatura media y, si fuese necesario, se prescribirá algún ansiolítico.
La alimentación constituye un punto esencial en el tratamiento de la convalecencia. Su disminución durante la enfermedad se manifiesta claramente en ésta por su debilidad. Para el restablecimiento de la química orgánica es conveniente prescribir una dieta tonificante, pero esto con sumo cuidado, puesto que a la mayor necesidad de alimentos se contrapone la función debilitada y, por tanto, la mayor vulnerabilidad de los órganos digestivos. La alimentación de un convaleciente debe tener las siguientes características:
Homeostasis
Los posibles cambios del medio interno se pueden deber a:
- Todas las actividades metabólicas necesitan un suministro constante de materiales (Oxígeno, nutrientes, sales minerales, etc.). La actividad celular produce desechos que deben ser eliminados.
- El medio interno responde a los cambios del medio externo que rodea al organismo.
En los metazoos más complejos la homeostasis se mantiene por las actividades coordinadas de los sistemas circulatorio, nervioso y endocrino.
Intervienen órganos que sirven de intercambio con el medio externo, los riñones, los pulmones o las branquias el tubo digestivo y la piel.
El agua y la regulación osmótica
Lesiones de la glandula tiroides.
BOCIO SIMPLE: Es un agrandamiento de la glándula tiroides y no es cáncer.
Hay
diversas clases de bocios. Un bocio simple puede darse por una razón
desconocida o cuando la glándula tiroides es incapaz de producir suficiente
cantidad de la hormona tiroidea para satisfacer las necesidades corporales. La
glándula tiroides se agranda para compensar esta situación.
Hay dos
tipos de bocio simple:
- Bocio (coloideo) endémico
- Bocio esporádico (no tóxico)
Los
bocios se presentan en grupos de personas que viven en áreas con suelos pobres
en yodo, generalmente alejadas de la costa marítima. Es posible que las
personas de estas comunidades no obtengan yodo suficiente en su alimentación
(el yodo es necesario para producir la hormona tiroidea).
El uso de
la sal de cocina yodada en los Estados Unidos actualmente previene la deficiencia
de yodo; sin embargo, las áreas de los Grandes Lagos, el Medio Oeste y las
áreas de las montañas interiores de los Estados Unidos alguna vez se
denominaron "el cinturón del bocio", debido al alto número de casos
de esta enfermedad ocurridos allí. La insuficiencia de yodo aún es común en
Asia Central, la región Andina de Suramérica y África central.
En la
mayoría de los casos de bocio esporádico se desconoce la causa. Ocasionalmente,
ciertos medicamentos como el litio o la aminoglutetimida pueden causar un bocio
no tóxico.
Los
factores hereditarios pueden causar bocios y entre los factores de riesgo para
su desarrollo se pueden mencionar:
- Tener más de 40 años de edad
- Antecedentes familiares de bocio
- Pertenecer al sexo femenino
- No obtener suficiente yodo en la alimentación
Glándula tiroides.
Se ubica en la parte anterior y
baja del cuello, por debajo del cartílago cricoides.
Bocio es una glándula aumentada de volumen. La
glándula se puede palpar por delante del paciente o
colocándose el examinador por detrás. En el primer caso
es posible hacerlo estando el paciente acostado en decúbito
dorsal o, mejor aún, estando el paciente sentado. El
examinador se coloca frente a él y con el pulgar de una mano
desplaza un poco la glándula hacia el lado opuesto de modo que
ese lóbulo se haga más prominente y sea posible cogerlo
con la otra mano entre el pulgar y los dedos índice y medio.
Por ejemplo, si se intenta palpar el lóbulo derecho de la
glándula, el pulgar de la mano derecha del examinador,
colocada sobre el lóbulo izquierdo, empuja la glándula
hacia la derecha para facilitar la palpación con la mano
izquierda. Lo opuesto se efectuaría para el otro
lóbulo. Si el examinador se ubica por detrás del
paciente, adelanta sus manos y con sus dedos índice y medio
identifica el itsmo del tiroides que se ubica debajo del
cartílago cricoides.
Moviendo los dedos hacia los lados es posible palpar los lóbulos de la glándula. Con los dedos de una mano es posible presionar hacia el lado opuesto para facilitar la palpación del otro lóbulo. Para asegurarse que las estructuras que se están palpando corresponden al tiroides, se solicita al paciente que trague para palpar la elevación que debe ocurrir junto con la tráquea (a veces es necesario proporcionarle al paciente un vaso con agua para que tome sorbos ya que frecuentemente nota que no tiene suficiente saliva). El diagnóstico diferencial se hace con adenopatías o quistes de otras estructuras.
La glándula tiroides de debe palpar lisa y de consistencia firme. Se debe estimar el tamaño y buscar la presencia de nódulos. Cuando se encuentran nódulos se precisa su ubicación, tamaño, número y consistencia. Hoy en día, la disponibilidad de la ecotomografía ha facilitado el estudio de los nódulos, y es capaz de diferenciar los que son sólidos de los que son quísticos. Cuando la glándula está muy crecida, es posible que con la campana del estetoscopio se pueda escuchar un soplo suave debido al aumento de la vasculatura.
La glándula tiroides ocupa la región anterior del cuello, estando situada por delante de la tráquea, del cartílago cricoides y parte inferior del cartílago tiroides; sus lóbulos laterales (derecho e izquierdo) miden alrededor de 5 cm de largo y 3 cm de espesor, son irregulares y de forma cónica. La porción lateral de cada lóbulo está cubierta por el músculo esternocleidomastoideo.
Al momento de su exploración se debe mencionar si es visible o si se palpa. Si no se mira se tiene que escribir "no visible", si no se palpa "no palpable". No se escribe "tiroides normal", porque no se sabe, puede que no la tenga –resección quirúrgica, atrofia, agenesia-.
La técnica para explorar la tiroides es la siguiente:
Moviendo los dedos hacia los lados es posible palpar los lóbulos de la glándula. Con los dedos de una mano es posible presionar hacia el lado opuesto para facilitar la palpación del otro lóbulo. Para asegurarse que las estructuras que se están palpando corresponden al tiroides, se solicita al paciente que trague para palpar la elevación que debe ocurrir junto con la tráquea (a veces es necesario proporcionarle al paciente un vaso con agua para que tome sorbos ya que frecuentemente nota que no tiene suficiente saliva). El diagnóstico diferencial se hace con adenopatías o quistes de otras estructuras.
La glándula tiroides de debe palpar lisa y de consistencia firme. Se debe estimar el tamaño y buscar la presencia de nódulos. Cuando se encuentran nódulos se precisa su ubicación, tamaño, número y consistencia. Hoy en día, la disponibilidad de la ecotomografía ha facilitado el estudio de los nódulos, y es capaz de diferenciar los que son sólidos de los que son quísticos. Cuando la glándula está muy crecida, es posible que con la campana del estetoscopio se pueda escuchar un soplo suave debido al aumento de la vasculatura.
La glándula tiroides ocupa la región anterior del cuello, estando situada por delante de la tráquea, del cartílago cricoides y parte inferior del cartílago tiroides; sus lóbulos laterales (derecho e izquierdo) miden alrededor de 5 cm de largo y 3 cm de espesor, son irregulares y de forma cónica. La porción lateral de cada lóbulo está cubierta por el músculo esternocleidomastoideo.
Al momento de su exploración se debe mencionar si es visible o si se palpa. Si no se mira se tiene que escribir "no visible", si no se palpa "no palpable". No se escribe "tiroides normal", porque no se sabe, puede que no la tenga –resección quirúrgica, atrofia, agenesia-.
La técnica para explorar la tiroides es la siguiente:
- Tener al paciente sentado frente al paciente en una posición agradable, palpar con los dedos índice y pulgar a un lado y al otro.
- Luego de pie detrás del paciente, utilizando los dedos medio y anular en la línea media de los dos lados.
- La tiroides se explora (mira y palpa) estatica y durante la deglución.
- La inspección y palpación digital se efectúa desde delante con los dedos índice y pulgar.
- Colocar la cabeza en hiperextensión.
- Girar la cabeza a ambos lados
- Palpación bimanual desde atrás, colocando la punta de los dedos en la línea media para palpar sus lóbulos.
Exámen del cuello
Se debe examinar la forma, los movimientos, el
tiroides, pulsos carotídeos, pulso venoso yugular, ganglios
linfáticos y si existen masas. Los cuellos largos y delgados
son más fáciles de examinar. Normalmente la persona
debe ser capaz de mover el cuello hacia arriba y abajo, hacia ambos
lados, e incluso, efectuar movimientos de rotación. En
presencia de una discopatía cervical o lesiones musculares,
puede haber dolor y el rango de los movimientos estar limitado.
En el examen del cuello destacan estructuras como las vértebras cervicales, los músculos trapecio y esternocleidomastoídeo, los cartílagos hioides, tiroides y cricoides, la tráquea, ganglios linfáticos, la glándula tiroides, las arterias carótidas y las venas yugulares. El músculo esternocleidomastoídeo se inserta en el esternón y el tercio medial de la clavícula, en un extremo, y el proceso mastoides, en el otro. El músculo trapecio se extiende desde el borde lateral de la clavícula, la escápula y las vértebras cervicales, hasta el promontorio occipital. Entre estas estructuras se configura el triángulo posterior que está delimitado entre el trapecio, el esternocleidomastoídeo y la clavícula, y el triángulo anterior, entre el esternocleidomastoídeo, la mandíbula y la línea anterior del cuello. La arteria carótida y la vena yugular interna quedan debajo del esternocleidomastoídeo, hacia el borde anterior. La glándula tiroides está formada por dos lóbulos laterales, del porte de un pulgar, unidos al medio por un puente de tejido llamado itsmo, que se ubica más abajo del cartílago cricoides. Los lóbulos laterales rodean los anillos cartilaginosos de la tráquea y quedan cubiertos por el borde anterior del músculo esternocleidomastoídeo. La arterial carótida común se bifurca en una división interna y otra externa un poco antes del ángulo de la mandíbula, a la altura del borde superior del cartílago tiroides ("manzana de Adán"). La vena yugular externa cruza superficialmente el músculo esternocleidomastoídeo, en dirección hacia arriba y adelante.
La presión venosa central, o sea, la presión de la sangre a nivel de la aurícula derecha se puede estimar en base a la ingurgitación de la vena yugular. Si esta presión es alta, la vena se ve más ingurgitada; en cambio, si existe hipovolemia, se ve colapsada. Para estimar la presión se identifica el ángulo esternal (ángulo entre el manubrio y el cuerpo del esternón) y se coloca en ese sitio una regla en posición vertical. Un bajalengua se coloca transversal a esta regla y se lleva a la altura del menisco superior de la vena yugular. Esa distancia se mide en centímetros. Si el valor es superior a +3 o +4 cm se considera elevado. Desde el ángulo esternal a la aurícula derecha existiría una diferencia de 5 cm, que sumado a la medición anterior, daría una idea de la presión venosa central.
En algunos pacientes se logran ver unas ondas en la vena yugular. No hay que frustrarse si no se distinguen en todos. Es más fácil reconocerlas en paciente con un cuello largo y que no tienen taquicardia.
Existen dos ondas: la "a" y la "v". La primera ocurre justo antes del sístole (se debe a la contracción de la aurícula) y la segunda, durante el sístole, mientras la válvula tricúspide está cerrada y la aurícula se va llenando con la sangre que llega. Después de la onda "a" viene el descenso "x" (la aurícula termina de contraerse y se relaja) y después de la onda "v" viene el descenso "y" (cuando termina el sístole y se abre la válvula tricúspide, dando comienzo a la diástole). En el siguiente párrafo se revisa lo mismo con más detalle.
Al contraerse la aurícula derecha, el contenido de sangre se vacía al ventrículo derecho, pero ocurre algún grado de reflujo hacia las venas cavas y en la yugular se ve una onda "a" (dato mnemotécnico: contracción auricular). En presencia de condiciones que dificultan el vaciamiento de la aurícula al ventrículo (p.ej.: hipertensión pulmonar, estenosis de la válvula pulmonar) la onda "a" puede ser más grande. Después haberse contraído la aurícula, se cierra la válvula tricúspide debido al sístole ventricular, la aurícula se relaja (se produce el descenso "x") y se comienza a llenar en forma pasiva, con lo que se genera la onda "v" (dato mnemotécnico: llene venoso). Al abrirse nuevamente la válvula tricúspide, al comienzo de la diástole, se vacía la sangre de la aurícula al ventrículo por el gradiente de presión que se ha generado (se produce el descenso "y"). En condiciones de una insuficiencia de la válvula tricúspide se produce un reflujo de sangre hacia la aurícula y venas cavas con lo que la onda "v" aumenta notablemente. Como se puede apreciar, estas dos ondas ocurren durante el ciclo cardíaco. La onda "a" antecede el pulso arterial y la "v" coincide con él. Para distinguir a qué onda corresponden las oscilaciones que se ven en la vena yugular, conviene estar palpando concomitantemente un pulso arterial (p.ej.: el radial o el carotídeo del otro lado).
De acuerdo a lo mencionado anteriormente, las principales alteraciones que se pueden llegar a observar en el pulso venoso son: (1) una onda "a" grande en cuadros de hipertensión pulmonar o estenosis de la válvula pulmonar o tricúspide; (2) una onda "v" muy grande en caso de una insuficiencia tricúspide; (3) ausencia de onda "a" en caso de existir una fibrilación auricular. Un caso especial, que es muy difícil de distinguir, es en la pericarditis constrictiva en que el descenso de la onda "y" es muy brusco, para luego ascender (por la poca distensibilidad del ventrículo).
En el examen del cuello destacan estructuras como las vértebras cervicales, los músculos trapecio y esternocleidomastoídeo, los cartílagos hioides, tiroides y cricoides, la tráquea, ganglios linfáticos, la glándula tiroides, las arterias carótidas y las venas yugulares. El músculo esternocleidomastoídeo se inserta en el esternón y el tercio medial de la clavícula, en un extremo, y el proceso mastoides, en el otro. El músculo trapecio se extiende desde el borde lateral de la clavícula, la escápula y las vértebras cervicales, hasta el promontorio occipital. Entre estas estructuras se configura el triángulo posterior que está delimitado entre el trapecio, el esternocleidomastoídeo y la clavícula, y el triángulo anterior, entre el esternocleidomastoídeo, la mandíbula y la línea anterior del cuello. La arteria carótida y la vena yugular interna quedan debajo del esternocleidomastoídeo, hacia el borde anterior. La glándula tiroides está formada por dos lóbulos laterales, del porte de un pulgar, unidos al medio por un puente de tejido llamado itsmo, que se ubica más abajo del cartílago cricoides. Los lóbulos laterales rodean los anillos cartilaginosos de la tráquea y quedan cubiertos por el borde anterior del músculo esternocleidomastoídeo. La arterial carótida común se bifurca en una división interna y otra externa un poco antes del ángulo de la mandíbula, a la altura del borde superior del cartílago tiroides ("manzana de Adán"). La vena yugular externa cruza superficialmente el músculo esternocleidomastoídeo, en dirección hacia arriba y adelante.
Arterias Carótidas
En el
caso de carótidas hay que inspeccionar,
palpar y auscultar. En la inspección podemos notar si estas son
tortuosas, por ejemplo si tienen cuello de pollo. A la palpación notamos las
pulsaciones y cómo son (normales, aumentadas o disminuidas). A la auscultación
se verifica la presencia o no de soplos, describiendo su intensidad
(suave-moderado-intenso) y su sincronicidad con el pulso. Su configuración
elongación, tortuosidad, aneurismas, cuello de ganso, y si hay Thrill a la
palpación.
Venas Yugulares
Mencionar
si están distendidas en forma permanente o si hay ingurgitamiento venoso.
Colocar al paciente en la posición acostada y luego sentarlo para describir si
las yugulares se vacían a 90º.Las venas yugulares se notan en grado
variable en las distintas personas. Es frecuente que con la
inspiración se tiendan a colapsar ya que con la presión
negativa intratorácica se succiona la sangre hacia el
tórax; en cambio, durante la espiración, y más
aún, al pujar, disminuye la entrada de sangre al tórax
y se produce una congestión de las venas y se ven
ingurgitadas.
La observación es más confiable si se puede efectuar
directamente en la vena yugular interna, pero como está debajo
del músculo esternocleidomastoídeo, habitualmente no es
visible. En ese caso, la alternativa es observar la vena yugular
externa. Conviene que el paciente esté semisentado en un
ángulo suficiente para ver el menisco superior de la vena (si
el paciente estuviera totalmente acostado con 0º de
inclinación, la vena se vería ingurgitada hasta el
ángulo de la mandíbula). El cuello debe estar despejado
y la cabeza ligeramente girada hacia el lado opuesto. Una luz
tangencial ayuda a ver mejor las ondas de la vena, las que no son
palpables.La presión venosa central, o sea, la presión de la sangre a nivel de la aurícula derecha se puede estimar en base a la ingurgitación de la vena yugular. Si esta presión es alta, la vena se ve más ingurgitada; en cambio, si existe hipovolemia, se ve colapsada. Para estimar la presión se identifica el ángulo esternal (ángulo entre el manubrio y el cuerpo del esternón) y se coloca en ese sitio una regla en posición vertical. Un bajalengua se coloca transversal a esta regla y se lleva a la altura del menisco superior de la vena yugular. Esa distancia se mide en centímetros. Si el valor es superior a +3 o +4 cm se considera elevado. Desde el ángulo esternal a la aurícula derecha existiría una diferencia de 5 cm, que sumado a la medición anterior, daría una idea de la presión venosa central.
En algunos pacientes se logran ver unas ondas en la vena yugular. No hay que frustrarse si no se distinguen en todos. Es más fácil reconocerlas en paciente con un cuello largo y que no tienen taquicardia.
Existen dos ondas: la "a" y la "v". La primera ocurre justo antes del sístole (se debe a la contracción de la aurícula) y la segunda, durante el sístole, mientras la válvula tricúspide está cerrada y la aurícula se va llenando con la sangre que llega. Después de la onda "a" viene el descenso "x" (la aurícula termina de contraerse y se relaja) y después de la onda "v" viene el descenso "y" (cuando termina el sístole y se abre la válvula tricúspide, dando comienzo a la diástole). En el siguiente párrafo se revisa lo mismo con más detalle.
Al contraerse la aurícula derecha, el contenido de sangre se vacía al ventrículo derecho, pero ocurre algún grado de reflujo hacia las venas cavas y en la yugular se ve una onda "a" (dato mnemotécnico: contracción auricular). En presencia de condiciones que dificultan el vaciamiento de la aurícula al ventrículo (p.ej.: hipertensión pulmonar, estenosis de la válvula pulmonar) la onda "a" puede ser más grande. Después haberse contraído la aurícula, se cierra la válvula tricúspide debido al sístole ventricular, la aurícula se relaja (se produce el descenso "x") y se comienza a llenar en forma pasiva, con lo que se genera la onda "v" (dato mnemotécnico: llene venoso). Al abrirse nuevamente la válvula tricúspide, al comienzo de la diástole, se vacía la sangre de la aurícula al ventrículo por el gradiente de presión que se ha generado (se produce el descenso "y"). En condiciones de una insuficiencia de la válvula tricúspide se produce un reflujo de sangre hacia la aurícula y venas cavas con lo que la onda "v" aumenta notablemente. Como se puede apreciar, estas dos ondas ocurren durante el ciclo cardíaco. La onda "a" antecede el pulso arterial y la "v" coincide con él. Para distinguir a qué onda corresponden las oscilaciones que se ven en la vena yugular, conviene estar palpando concomitantemente un pulso arterial (p.ej.: el radial o el carotídeo del otro lado).
De acuerdo a lo mencionado anteriormente, las principales alteraciones que se pueden llegar a observar en el pulso venoso son: (1) una onda "a" grande en cuadros de hipertensión pulmonar o estenosis de la válvula pulmonar o tricúspide; (2) una onda "v" muy grande en caso de una insuficiencia tricúspide; (3) ausencia de onda "a" en caso de existir una fibrilación auricular. Un caso especial, que es muy difícil de distinguir, es en la pericarditis constrictiva en que el descenso de la onda "y" es muy brusco, para luego ascender (por la poca distensibilidad del ventrículo).
Tráquea
Indicar
su posición, si esta desplazada hacia un lado o hacia otro. Tumor en el esófago
o bocio puede desplazar a la traquea. Si no está desplazada se menciona que no
está desplazada. Describir si hay protusiones o pulsaciones palpables
sincrónicas con el pulso. Si hay tiraje se debe de describir si hay tiraje
supraclavicular y si no hay tiraje negarlo. Debe palparse la traquea con los
dedos índice y pulgar para determinar su consistencia y para detectar
pulsaciones que se pudieran dar.
Ganglios Linfáticos.
Cuando
los ganglios del cuello son patológicos, entonces se pueden describirlos. El tamaño normal de los ganglios linfáticos
del cuello no permite que sean ni palpables ni mucho menos visibles, pues
son muy pequeños. Cuando se palpan o son visibles son ganglios linfáticos
patológicos, y se debe detallar: el número (si son muchos se mencionan
"múltiples" –más de 4-), tamaño (en mm. o cm.), si están aislados o
confluentes. La confluencia es importante porque hay patologías como el
Linfoma, especialmente el de Hodgkin, en que confluyen varios ganglios formando
una masa como pelota.
Otras
características a observar son: movilidad (móviles o adheridos a piel o planos
profundos), consistencia (blandos, duros o pétreos, o de consistencia renitente
–consistencia que tiene los quistes, como vejiga llena de agua, absceso para
drenar es renitente, indica localización de líquido-), localización en los
diferentes triángulos y sensibilidad (dolor
a la palpación). También al explorar los ganglios del cuello debe de recordarse
los ganglios de otras partes del cuerpo, los pre y retroauriculares, axilares,
epitrocleares e inguinales.
La
exploración requiere de un método sistemático. La palpación de los ganglios se
debe efectuar siguiendo el presente orden:
- Ganglios preauriculares.
- Ganglios retroauriculares.
- Ganglios occipitales.
- Ganglios submentonianos.
- Ganglios submaxilares.
- Ganglios cervicales anteriores.
- Ganglios cervicales posteriores.
- Cadena cervical profunda.
- Ganglios supraclaviculares.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




